Les voy a contar algo que me sucedió hace poco más de un año (2013); algo que da cuenta de las experiencias que nos alcanzan cuando confiamos que una historia nos puede salvar.
Yo era maestro de segundo grado de escuela primaria y tenía a cargo un grupo maravilloso que, desde sus 7 y 8 años no paraban de sorprenderme, enseñarme y divertirme. Obviamente, les contaba muchos cuentos y ellos me contaban también a mí, sobretodo los viernes en la última hora, cuando llegaba la ronda de coplas, donde se decían coplas, poemas, cuentos cortitos; leídos o memorizados.
Una tarde durante el recreo, mi alumna "M" atravesó corriendo el patio de cemento, tropezó y su rodilla fue un solo y tremendo raspón. Llorando entró al aula, me contó, me mostró y se sentó. Le dije que tendría que limpiar la rodilla con agua oxigenada y sus ojos se llenaron de terror. "¡No quiero! ¡me va a arder mucho!" suplicó. Le pedí que apoyara su pierna en otra silla y, como si algo en mi interior supiera antes que mi conciencia lo que tenía que hacer, le dije: "Tranquila... ¿querés que te cuente un cuento?".
Y como a "M" le fascinan las historias, entre lágrimas de raspón y miedo, me dio el sí.
Entonces, sin dejar de mirarla a los ojos, comencé a contar la historia de cuatro hermanos que