Hace varios años que voy a la peatonal cordobesa a cantar y tocar la guitarra, ahí en Obispo Trejo, casi 27 de abril. Lo hago esporádicamente, cuando tengo un tiempito, cuando me asaltan esas ganas locas y tengo que ir sí o sí. Al principio cantaba de todo un poco, pero luego fui aprendiendo que cantando folklore, temas del cancionero latinoamericano, murga, cantaba con más pasión y eso a la gente le gustaba.
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| Gracias Andre Vergara y René Reyes por el cuadro |
No es mucho dinero el que se saca en la gorra porque es más lo que uno se lleva en los ojos. Y lo realizo por un placer compartido por varios artistas callejeros: me gusta sentarme a mirar a la gente que pasa y me escucha. Me gusta hablar con quienes se acercan, me gusta imaginar qué sentirán, qué pensarán al escuchar esa canción que les atravesó la caminada. Me gusta esa gente que antes de pasar enfrente mío se saca el auricular y sonríe. La gente que me mira fijo, sin vergûenza, sin pudor; pero también me encanta la que se sonroja, o mira de reojo, o escapa rápidamente la mirada. Me gustan las parejas que se sientan en una glorieta cercana y se quedan escuchando una zamba: se miran a los ojos, se bailan con los dedos, se besan con el pañuelo de sus labios...
Me encontré con muchas personas maravillosas sentado ahí. Estar cantando en la peatonal es un poco similar a estar de viaje. Hoy les voy a contar algunos de esos encuentros.
