sábado, 2 de abril de 2016

Caminiaga y San Marcos Sierras: rincones imborrables

Voy a contarles sobre los rincones que encontré al despedirme de Cerro Colorado. Rincones, recovecos, recodos donde me llené de historias, donde me latió fuerte el corazón, donde me encontré contando y cantando. Pero antes permítanme una intro necesaria (porque no tengo otro lado dónde ponerla). Días previos a salir de viaje una amiga, Grisel, me regaló una bitácora viajera que comencé a usar en Cerro Colorado, aprovechando los días fríos (conozcan su página, Dicha Creativa, tiene cosas hermosas). Ese día arranqué así:

“¿Cómo se comienza una bitácora de viajes? ¿Contando a dónde se va? ¿Dónde se está? ¿De dónde se viene? Estoy en Cerro Colorado. Salí hace una semana de Saldán y algo que estoy extrañando mucho es la cercanía de algo fresco para tomar cuando YO lo quiera. Se nota la falta de heladera… ¿tendré que pagar siempre el frío de las bebidas? En este norte los caminos son largos y calientes así que tengo que averiguar cómo mantener fresca el agua, al menos hasta que tenga botellas térmicas. También tengo que solucionar cuestiones técnicas: ponerle patas a la bici, reemplazar las alforjas delanteras por unas caseras como las que hice para atrás, conseguir el bendito manubrio mariposa, cambiar los frenos, hacer fundas impermeables para la carpa, aislante, valija cuentera, tener un panel solar; adaptar un mini horno, una mini heladera, un equipo de audio, una biblioteca de libros sin peso… basta, a dormir.”


Al día siguiente comenzó a lloviznar. Se puso frío y el cielo prometía una lluvia intensa en breve, así que mudé la carpa a un lugar más resguardado. Ah! La carpa es una maravilla, se porta como una guerrera. Sigue la bitácora:


“Siesta de viernes. Llueve. Me vine bajo un quincho del camping junto a un trío de músicos de Villa las Rosas que también andan de paso. ¿Está horrible el día? Una parte de mí ansía un sillón calentito, una película, un café con leche… pero vuelvo a mirar la bici, la carpa y las ansias se esfuman. Aunque mi cuerpo enfrescado por este otoño adelantado no puede negar que la siesta sería perfecta si un abrazo de mujer le abrigara el respirar. Se desata la tormenta, ahora sí con toda su fuerza. Una pareja de teros vigila en el campo sin inmutarse por la lluvia. Dos caballos pastan tranquilos, como si no lloviera ni tronara. Y nosotros cuatro bajo el quincho, obligados al refugio  para aguantar el frío, la humedad y el viento. Sin embargo, se abren los estuches y suenan las guitarras y la quena y las gargantas. La siesta se puebla de canciones y no hay melancolía que sobreviva a tanto canto.”




Para no irme tanto por las ramas, tengo que volver a Cerro Colorado porque esta vez no colmó mis expectativas. Después de visitar la casa museo de Atahualpa Yupanqui me salieron un par de coplas que podés leer acá. Bajo claras intenciones de llovizna, pero contento de que no me hayan cobrado los días de camping, salí pedaleando  rumbo oeste.
Y ahora sí, después de tanta introducción les voy a contar sobre Caminiaga y San Marcos Sierras, dos rincones de los que fue difícil irme. 

Caminiaga es pura facha

Después de 17 km de solitario ripio arenoso, una subida eteeeeeeeeeeeerna y la llovizna cada vez más fría, llegué a Caminiaga. Es un pueblo con 300 habitantes aproximadamente, con su plaza en el centro, su iglesia, su escuela, comisaría y bares alrededor. Nadie en la calle. Pero nadie, nadie. Como no quería armar la carpa bajo esa llovizna logré dar con la casa de doña Elba que tenía una habitación para alquilar y ahí dormí. Esa tarde conocí al Facha, un hacedor de tranqueras, un polifacético laburante, un filósofo popular, el mejor “guía turístico” del pueblo. Pero sobretodo, una persona que abrió la puerta de su casa, familia y corazón a un viajero desconocido que cayó una tarde de marzo gris. Gracias a él conocí los bares con su gente de pueblo jugando a las cartas hasta la madrugada, los asados espontáneos, el pensar y sentir de dos generaciones de hombres (los más viejos y los más jóvenes del pueblo) que se conocen poco pero podrían disfrutarse más, la sencillez y el humor del norte cordobés, y tanto más. Tía Elba (porque así era costumbre llamarla) sólo pudo alojarme una noche y como la lluvia obligaba a quedarse me mudé unos metros, a la casa del Facha, su sobrino. Compartimos intensas charlas, lo ví disfrutar del amor de su hija con una alegría desbordante, cuestionamos al presente y su existencia y volvimos a disfrutar del sabor de un buen asado. ¿Cómo irse de ese rinconcito norteño que tanto abrigaba? Pero al día siguiente había una promesa de sol y los días me apuraban al camino. Al final Tía Elba no quiso cobrarme la habitación y su gesto de abuela me bendijo el andar. Caminiaga dejó de ser un puntito en el mapa, un nombre en una chacarera: hoy es un rincón donde un fogón se enciende para el amigo que promete regresar. 






San Marcos Sierras: un rincón para las alas, los pies, las ruedas

El lunes 21 salí de Caminiaga con la llovizna encima pero la promesa de sol no fue mentira. Mitad ripio muy solitario, mitad asfalto con algo más de circulación, llegué a Deán Funes donde descansé lo mejor que pude, con la idea de llegar al día siguiente a Cruz del Eje. Elegí los caminos de tierra en vez de la ruta provincial 16 , rocé Ischilín, pasé por Copacabana (donde se me perforó la botella de alcohol que llevo para cocinar y media alforja delantera corrió riesgo de incendio el resto del viaje), y oh sorpresa, descubrí que era más sencillo llegar a San Marcos “cortando” por esas soledades trazadas en el mapa, que ir hasta Cruz del Eje. Y así fue que, casi anocheciendo el martes, entré al pueblo de la miel. De casualidad encontré a Iraí, una compañera del profesorado de magisterio, que me alojó en su hermosa casa y pude conocer a su familia, probar su exquisita producción de aceitunas y tofu, sorprenderme con la inteligencia y vitalidad de sus hijos, ponernos al día con las noticias de los años sin vernos y descansar. 

“Es miércoles, estoy un día acá, disfruto de un helado de crocante de algarroba y peperina al jengibre (sí, están leyendo bien, vayan y prueben) y mañana salgo para Capilla del Monte, así trabajo la semana santa con el turismo entrante”, me dije. Qué equivocado estaba.






Esa noche descubrí otro rincón. Buscando camping, ya de noche, me encontré con Pastor y sus indicaciones para llegar a “El Rincón de los pájaros”, donde me recibiría Mario, su padre. La luna llena me alumbró un sendero sin luces, Mario me indicó dónde armar la carpa y cómo era la casa de uso común, y una orquesta de grillos me arrulló. Antes de dormirme recordé la historia más bella de la jornada, la que me contó Nerea en la plaza del pueblo:

“El otro día con Irupé (su amiga, de cuatro años como Nerea) entramos a la casa de Abraham (el vecino) y sin que nos vea le abrimos la puerta de la jaula al canario que tenía él. Lo dejamos en libertad y ¡salió volando contento!” 

Jueves 24 de marzo. Día de la Memoria, la Verdad y la Justicia. En San Marcos hubo un festival con lecturas, cuentos, música y muchas ganas de hacer memoria. Conté la historia de un pájaro que entiende qué significa la libertad, quizás motivado por el relato de Nerea y participé del evento con el corazón marchando junto a los miles que en las calles de Córdoba imprimían en cada paso la consigna, la bandera, la promesa y la vigencia del Nunca Más. El jueves terminó y no pude irme del pueblo.


            

El viernes descubrí un trapecio en el camping, unos bares deseosos de mis canciones sonando al mediodía, una gorra que resultó mejor de lo que intuía. En el Rincón de los pájaros el vivir tenía otro ritmo: era vida compartida, era el mate que invita la conversa, era la oportunidad siempre dispuesta al nacer de una historia. En ese recoveco pegado al río uno se siente familia apenas llega, le brotan las ganas de saber del otro, le alegran las tonadas viajeras contando quiénes son, de dónde vienen, a dónde sueñan ir… alguien que te saluda con  un abrazo, Mario que te regala la cuerda faltante en el bichito, alguien que mira sin prisa un horizonte verde, alguien que te invita a la plaza… y así la tarde del viernes se fue deshaciendo y reinventando, con una nueva amiga, el vino, las empanadas, las canciones, los sueños y el camino estrellado que lentamente desandamos de la plaza hasta un rincón. Y se terminó el feriado santo conmigo aún en San Marcos.




El sábado decidí quedarme hasta el lunes. Para qué engañar al disfrute, total trabajar, estaba trabajando. Armé un cartelito que invitaba a escuchar cuentos (que Leti y Nayla dejaron hermosamente colorido) y rumbeé por las callecitas ofreciendo canciones e historias. El mono logró salir de la panza del león varias veces, el rey siempre perdió su corona, una madre descubrió que los perros son las mejores mascotas del mundo y algunos se enteraron cómo nació el primer pan casero que se comió en el mundo. No me resistí a pensar cómo sería vivir en esa belleza de pueblo en un futuro. No me resistí al goce que me daba volver al rincón para almorzar, compartir unos mates, saber si habían llegado viajeros nuevos. No me resistí a las facturas con crema pastelera más ricas del mundo de la única panadería. Y el sábado se fue temprano, tempranito nomás.


Con Pastor



Domingo de Pascua y me olvidé de comer huevos de chocolate. Canté las últimas canciones, conté las últimas historias. Me tomé la tarde para dejar la bicicleta a punto y salir el lunes sin problemas. Esa noche hubo mucha música en el saloncito del Rincón, muchas historias de amor (trágicas y tragicómicas) y muchas ganas tardías de comer chocolate. Tardías porque temprano cierran los kioscos y conseguir uno abierto y con el objeto de nuestros deseos fue un milagro: el chocolatín nocturno fue una fiesta y así nos fuimos a entregar al sueño. 
Cuando me acomodé en la bolsa de  dormir repasé cada momento de esa santa semana. Y cada imagen, cada rostro, cada tonada, cada gesto, cada ratito compartido, cada risa, cada estrella fueron haciendo espacio en el corazón hasta construir un rincón, un recoveco, un recodo donde sé que puedo sentirme pájaro. Pero no para volar, sino para plegar las alas, sentir el nido y descansar.



 



Buen camino...




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